Ahora eres el terapeuta no remunerado de la banda
Bienvenido a la simulación: ahora eres el terapeuta no remunerado de la banda
Así que salió el álbum. Doce temas. Cuarenta y dos minutos. Ya has llorado, hecho seis TikToks, grabado la pantalla de tu puente favorito y tuiteado: “De verdad escribieron esto para MÍ”.
Y en algún lugar de un sótano iluminado solo por una lámpara de lava y el arrepentimiento de un sponcon de marca, el artista se sienta, perseguido por el fantasma de tus expectativas. Porque tú crees que participaste.
Esto ya no es fandom. Es una delusión compartida en la que todo el mundo cree formar parte de la banda, pero nadie carga el equipo ni paga terapia. Bienvenido a los Juegos del Hambre parasociales, donde cada artista te debe vulnerabilidad, contenido y cierre emocional en menos de 60 segundos; si no, les haces un stitch y dices que estás decepcionado.
Antes teníamos límites. Luego llegó la historia de “Close Friends”.
Érase una vez, una estrella de rock era una criatura mítica. No conocías su rutina de cuidado de la piel. No conocías su trauma infantil. Conocías la música. Y si tenían una crisis, salía en Rolling Stone, no en un livestream mientras alguien llenaba el chat con “suelta el álbum pls”.
¿Ahora? Has visto el interior de su nevera. Sabes qué libros hay en su mesita de noche. Los viste llorar en el estudio y decidiste que eran tu llama gemela.
Cada sesión de preguntas y respuestas en Instagram, cada publicación de “Solo pasando a saludar a mis seguidores”, cada selfie borrosa con el pie de foto “jaja, otra vez triste” es una cuerda hecha de intimidad y marketing, y tú la estás enrollando felizmente alrededor de tu propio cuello.
“Este álbum me traicionó personalmente” — Un hilo de cuatro partes
La cuestión es esta: no estás en la banda. No escribiste esa canción. No coprodujiste el tema 7. No estabas en la sala cuando cortaron el verso que jurabas que era sobre tu última situación sentimental.
Y aun así —
“Antes hacía arte para nosotras… ya no sé para quién es este álbum.” “Desde que la ficharon, solo hace basura de plantado por la industria.” “Ya ni siquiera están tristes. Echo de menos el dolor.”
¡Felicidades! Te has convertido en un ex parasocial en toda regla, enfadado porque tu sadboi favorito tuvo la osadía de sanar. Imagínate abuchear a alguien en un concierto por estabilizarse mentalmente. Ahí es donde estamos.
Cada fandom es una secta con cuenta de Canva
Ya ni siquiera hablamos de ser fan de forma normal. Hablamos de obsesión a nivel gestión de proyectos. Fandoms con hojas de cálculo. Cronologías. Hilos de investigación con análisis al nivel de hilo rojo:
“Si inviertes el outro del tema 12 y lo ralentizas, puedes oírla susurrando las iniciales de su ex.”
Necesitáis una siesta. Y quizá una orden de alejamiento.
Hemos creado una cultura en la que el arte debe explicarse, justificarse y actualizarse sin parar en tiempo real. Si no haces vlogs entre bastidores, desgloses de letras, reels tristes y demos en notas de voz de las 2 de la mañana, los fans sienten que les has dejado en visto. Quieren transparencia total, pero solo la parte que valide su proyección.
La ilusión de intimidad es rentable. Y dañina.
Seamos honestos: esto no es del todo culpa tuya. A la industria le encanta la parasocialidad. Es marketing gratis disfrazado de comunidad. La ilusión de que tu artista favorito te ve es lo que vende vinilos, consigue reproducciones e infla el número de seguidores.
Pero detrás de esa pantalla del móvil hay una persona real que no dio su consentimiento para ser tu bufé emocional diario.
Y eso les está volviendo locos. Los artistas se desconectan a mitad de gira. Limpian sus comentarios. Ponen su cuenta en privado. Lloran en los camerinos porque sacaron un tema medio tempo y ahora 300 personas les llaman vendidos capitalistas.
No firmaron para tus expectativas. Firmaron para hacer música, no para interpretar enfermedad mental por notoriedad.
No eres la musa. Eres el problema.
Así que aquí va la verdad: el artista no te debe un cierre. No te debe acceso. Y desde luego no te debe una secuela del EP al que lloraste durante la cuarentena mientras fumabas sin parar con la sudadera de tu ex puesta.
A veces, la gente hace cosas y sigue adelante.
Y si eso te hiere, quizá sal a la calle. Toca hierba. Monta una banda. Escribe tu propio álbum. Pero deja de actuar como si dejar de seguir a alguien porque no escribió una tercera canción de ruptura fuera activismo.
No coescribiste el álbum. Solo pasas demasiado tiempo en internet.
Cass Monroe es una evangelista analógica y una obsesiva del vinilo con ojo agudo para la artesanía. Con raíces en la interpretación de jazz y formación en ingeniería mecánica, conecta lo táctil y lo técnico en cada reseña. En Audio Chronicle, desentraña cómo el diseño influye en el sonido, y viceversa.
Escrito por Cass Monroe
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