Una advertencia sobre un productor, un portátil maldito y la brutal magia de arruinar tu primer set en directo.
El sueño: luces tenues, una multitud rugiente, todo afinado.
¿La realidad? Un portátil agonizante, notas MIDI fantasma y yo susurrando en voz alta “qué carajo está pasando” al micrófono en directo.
Rebobinemos.
Reservé mi primer concierto como cualquier otro productor de dormitorio demasiado ambicioso: con una confianza que la experiencia no había ganado en absoluto. Unos amigos organizaban un show underground. Yo tenía Ableton, un launchpad, una sudadera con capucha que me hacía parecer que “sabía cosas” y dos temas terminados. Al parecer, eso bastaba.
Me pusieron tercero en el cartel. Franja de lujo. Justo antes del DJ que de verdad sabía leer a una sala.
La carga: ansiedad en una mochila
Llegué con demasiadas cosas. Dos controladores MIDI, una interfaz que no había probado desde la última actualización, cables en un nudo enredado que quizá contenía un animal pequeño y un USB de respaldo que no sabía usar.
También llevé mi portátil. El mismo que, a principios de esa semana, se había bloqueado al abrir Google Chrome.
“Lo vas a hacer genial”, me dijo una amiga. Lo decía en serio. Creo. Quería creerla. Pero ya tenía las palmas sudadas y mi monólogo interior había pasado a gritar a tiempo completo.
Prueba de sonido, también conocida como la primera humillación pública
Lo conecto. Le doy a reproducir. No pasa nada.
Genial. Sin audio. Clásico.
Desconecto. Vuelvo a conectar. Pánico. Al final me doy cuenta de que la salida de audio de Ableton está puesta en los altavoces del ordenador en lugar de la interfaz. Muy bien. Lo arreglo. Lo intento otra vez. BOOM: el primer bombo suena a todo volumen por el subgrave. El técnico de sonido se sobresalta. La sala se sobresalta. Mis antepasados se sobresaltan.
“¿Puedes bajarlo un poco?”, dice con el tono de alguien que ya ha dicho eso 400 veces esta noche.
Asiento. Finjo que entiendo el gain staging. Claramente no lo entiendo.
El set: un derrumbe a cámara lenta
A los diez minutos, las cosas están… ¿bien? La gente asiente con la cabeza. Lanzo un clip. Funciona. Giro una perilla. Algo cambia. Quizá parezco seguro. Y entonces, el infierno MIDI.
De repente, un sintetizador no deja de sonar. Una nota atascada. Un fantasma en la máquina.
Intento silenciar la pista. Nada. ¿Cambiar el patch? Nada. Sigue sonando, como una especie de banshee MIDI vengativa. Entro en pánico y detengo el clip. Silencio. No hay sonido. La sala se gira hacia mí, no de golpe, sino como una ola lenta de sospecha.
Murmuro al micrófono: “Eh, un pequeño problema técnico. Un segundo.”
Mala idea. Ahora todo el mundo sabe que algo va mal. Recargo el set. Se bloquea. Reinicio. Se queda colgado. Me bebo media cerveza tibia e intento parecer que “solo estoy ajustando niveles”.
Las secuelas: yo, un baño y la muerte del ego
Terminé el set. Más o menos. Puse una última canción de Spotify solo para rellenar tiempo y dije “gracias” con una voz dos octavas por encima de lo normal.
Luego fui al baño, cerré el cubículo con pestillo y tuve una crisis existencial completa junto a un dispensador de jabón cubierto de grafitis.
¿La parte salvaje? Volví.
No esa noche. Esa noche me fui a casa, desconecté todo y consideré vender todo mi equipo para financiar una vida tranquila como bibliotecario.
Pero una semana después lo intenté otra vez: sala más pequeña, montaje más simple, menos expectativas. Esta vez sin portátil. Solo una groovebox y un pedal de loop. Y funcionó. No a la perfección, pero lo suficiente.
Porque esa es la cuestión: se supone que tu primer concierto debe salir mal. Se supone que debe ponerte en tu sitio, destrozar tu ego y enseñarte todos los agujeros de tu montaje. Es como una novatada creativa. Si sobrevives, te dejan entrar en el club.
¿La moraleja? Prueba tu equipo. Y tus nervios.
Y también: lleva auriculares. Manténlo simple. Da por hecho que algo fallará. Y recuerda que todo el mundo que parecía cool sobre el escenario tuvo una noche exactamente así. Probablemente peor.
Casi no volví a tocar. Y me alegro muchísimo de haberlo hecho.
Nico Delray es un guitarrista de gira convertido en editor de equipo, con amor por los pedales raros y las construcciones boutique. Se curtió en clubes DIY por todo el Medio Oeste y ahora escribe desde un apartamento de Brooklyn apilado con sintetizadores, cuerdas y stompboxes. En Audio Chronicle, aporta el oído de un músico a cada reseña: sin hype, solo tono honesto.
Escrito por Nico Delray
Comentarios
Aún no hay comentarios.